lunes, 6 de mayo de 2019

Massonier tiene sus razones

Presentación de Documental por Rafael Cuevas 


El mundo es un ojo de buey 
mirado por un ojo de buey 

Elvira Hernández 



En 1903 llega a Valparaíso Maurice Massonier, uno de los tantos comerciantes dispersados por el globo con un cinematógrafo de los hermanos Lumiere, o uno pirata igualmente funcional. Dada la venta masiva del equipo unos años antes, no era raro el emprendimiento individual de franceses avispados con la novedad que traían entre manos, así que aparatito al hombro y vamos a recorrer el mundo. La naturaleza misma del técnico viajante, como el éxito que tenía la exposición de vistas y cuadros de costumbres, nos da a entender el éxito de la representación burguesa del mundo, de su relación y dominio tanto sobre lo exótico como sobre lo familiar, alegremente dispuesto en salas de teatro. Así llega Massonier al puerto, después de un exitoso paso por Santiago. Luego de algunas exposiciones a teatro lleno, Massonier decide producir un filme de costumbres locales, para que los locales paguen por verse. Una pequeña estrategia comercial. El resultado de este emprendimiento, “Un paseo en Playa Ancha”, realizado el 08 de enero, es el registro fílmico más antiguo realizado en Chile. 

Al centro, la multitud de parejas bailando cueca. Al fondo, el público arde en miradas nerviosas y cantos. Demoran la vista tanto en el baile como en el artefacto que los registra. Corona la multitud, en medio del público, el huaso soberano sobre la velocidad de su caballo, antes de desmontar y unirse al baile, en primer plano. Una tela al costado derecho, sostenida por curiosos y sonrientes, indica el lugar y la fecha del acontecimiento. En el plano se cruzan paseantes, animales, hombres cargando asados, todo expuesto de frente por consideración a lo que registrará el lente. Toda la estampa late por su autoconsciencia, notoria en el vaivén rústico de una cueca filmada, en el caminante que no sabe hacia dónde mirar —o sabe exactamente hacia dónde mirar— y mira hacia la cámara, en aquel que pretende mostrar un cartel un instante antes de ser golpeado y quitado del cuadro, en una pelea también ensayada y dispersada por fuerzas del orden. El cinematógrafo grita su ansia de ver expuesto, y los ojos de la comunidad se abisman en él, viéndose entonces a sí misma. El filme, cuya producción congregó a más de 100 personas, fue un éxito comercial y se lo considera de gran valor patrimonial. 

De inmediato vemos que el registro documental sabe de controles. Hay un concierto cultural que ejecutar, una performance que desplegar sobre el espacio y sobre la naturalidad de eventos, por lo general, cotidianos. Massonier, imposibilitado de hallar el instante, lo recrea. El evento ya no es el asado propiamente tal, la cueca propiamente tal, la fonda a principios de enero. La cámara altera la singularidad del gesto. El evento es la cámara frente al evento. Una fonda a principios de enero para la cámara. La efervescencia del baile, de la jerarquía huasa marcando presencia, de la trifulca, de la fuerza policial restaurando el orden, todo lo que se pensó como costumbre, puesto de frente para la cámara. Y entonces un ojo contra ojo. Ver y ser visto. Verse siendo visto. Verlos siendo vistos. 

Impulsado desde sus orígenes por lo contingente, ya fuesen las catástrofes económicas estadounidenses o los cuadros de monarcas de los hermanos Lumiere, el documental se enfrenta a la realidad reivindicándola y con una actitud moral específica. Hay comerciantes, antropólogos, revolucionarios, cada uno con su propia forma de mirar y sus razones para hacerlo. Massonier tenía las suyas. No tardó en vender el cinematógrafo, retirarse en el Uruguay y dejar cuantiosa descendencia. 

Documental es un libro que sabe esto perfectamente. Sabe que hay razones para mirar, sabe que la mirada es ante todo una vía, un camino que exige a quien mira y que eventualmente es capaz de develar o incluso reordenar el montaje de lo mirado. No hay imágenes puras, pero estamos repletos de imágenes comunes. Conviene recordarlo en países saturados de falsa información y peligrosas idolatrías. El libro se hace parte de esa disputa por la imagen y su veracidad; una larga interrogación a lo real. 

Ya desde la novela Los bigotes de Mustafá, ambientada en el año del Plebiscito, ha sido esta la tónica en los libros de Jaime Pinos. Insistir una y otra vez en lo único que no está bajo el control de quien hace un documental: la historia. Pinos, como alguna vez recomendara Didi-Huberman, eleva el pensamiento hasta el enojo de negarse a la violencia que el mundo impone, y hace de ese enojo una tarea: denunciar esa violencia “con toda la calma y la inteligencia que sean posibles.” 

La tragedia nacional pretende darse por concluida. Documental pretende pillarla en esos lances, exponerla en su repliegue espectacular, y desmontarla sobriamente por todos aquellos que estén dispuestos a oficiar de testigos, para así insistir en su funesta actualidad. Esa realidad que tan evidente nos parece solo ostenta la evidencia de una planificación merced a la cual nos es presentada. Siempre hay, en primera instancia, un Massonier y sus razones. 

Es con esta convicción que Jaime Pinos escribe: 

“hay que aprender a usar la cámara 
como si fuera un ojo en el corazón” 

En el caso de Documental, la cámara late antes de despertar. Hay una ética incontrastable que atraviesa todo el libro. El pulso destina a la mirada. Es la de los afectos, la de las reuniones familiares, la de las conversaciones entre seres queridos. Por ahí empieza el trabajo de campo, por ahí la desmantelación de las grandes imágenes oficiales echando luces sobre la cotidianeidad. La denuncia, así de serena e imperturbable, solo puede elaborarse desde la ternura, desde la indignación multiplicada en los rostros muy particulares, de nombres palpables, de cada una de las víctimas. 

“Se corregirán los libros escolares”, se lee en el segundo poema, una página antes de hacernos sintonizar con el bombardeo de Radio Corporación. Brevemente, como una señal agarrada al vuelo, de manera incidental, nos estalla tanto la palabra escrita como la garganta radial súbitamente acallada. Poco a poco los hechos se van oscureciendo, del desastre solo queda el desastre y no la elaboración del desastre que, como se dijo alguna vez, siempre es cosa nuestra. 

Los llamados “montajistas de lo Real” abundan, elaboran tramas, personajes, situaciones, desenlaces alrededor de los hechos, desvíos hacia caminos sin salida. El libro adopta la entereza del testigo porque el solipsismo es una estrategia que traza más fugas de las que clausura y rara vez carga con sus muertos. El material del documental, el dato que no se discute, es decir, la prueba, alcanza una importancia total frente a las pruebas del adversario, al tejido de su montaje. De allí la prioridad del documental, escriben los documentalistas argentinos Solanas y Getino. Una imagen documental puede: “absorber en la situación neocolonizada un juego de ficciones e incluso alusiones cuando ellas no se encarnan visiblemente en una realidad concreta.” 

El fuego presente a lo largo de Documental, el incendio imparable de la violencia y la explotación, es también la tensión de su verso. El libro reconoce la dialéctica, identifica un enemigo, responde frente al montaje con un montaje a contramano. Cae Elenin, la Dictadura es borrada de los libros escolares, se bombardea Radio Corporación. El libro está repleto de estas tensiones, de esta ansia por vincular lo aparentemente lejano, a través de registros varios, diseños de tipografía, imágenes documentales. Traza un tejido de conexiones a través de victimarios, víctimas, testigos. 

Al igual que Elvira Hernández en La Bandera de Chile y en ¡Arre! Halley ¡Arre!, o que Enrique Lihn en La Aparición de la Virgen, el libro busca dinamitar el aparato comunicacional de la dictadura y su perdurable herencia. Y lo hace enfocándose, principalmente, en quienes vieron. Busca ojos amigos, busca ojos enemigos. De allí que tengan especial relevancia nombres como Hugo Araya o Juan Maino: miradas comprometidas con los materiales de la posteridad. Accesos de luz que, en tanto discursos de lo real, “conservan una responsabilidad residual de describir e interpretar el mundo de la experiencia colectiva”, como escribiera el crítico de cine documental Bill Nichols. Consciente de esta responsabilidad y vértigo, el libro descree de la ironía —su lectura de Parra y Lihn es, en este sentido, a contrapelo—. Su seriedad proviene de la atención. Pareciera seguir a David Foster Wallace cuando escribe: “la ironía resulta singularmente poco efectiva cuando se trata de construir algo que sustituya a la hipocresía que desacredita.” 

El libro nos recuerda que la poesía documental —consideremos que este libro es de aquellos que desnudan su propia poética— se escribe con materiales a la mano, con materiales encontrados, con registros de último minuto, con los breves instantes que podrían encapsular el tono de un momento histórico, como el registro de Pedro Chaskel a los aviones bombardeando la moneda, agazapado en el baño de su suegra. 

Abundantes en máximas, recordatorios y apuntes que parecen destinados al propio libro, al propio poeta, al propio brío de seguir adelante, Documental también se deja abrir como una preocupación para la posteridad. De allí la importancia de la presencia de la hija, que anuda de manera definitiva el compromiso político y estético con el compromiso afectivo. La seriedad del libro solo puede entenderse como la expresión radical de su dulzura. La persistencia, la insistencia, el volver, una y otra vez, sobre los mismos versos, los mismos temas, es una forma de retransmisión radial, hacia el futuro, hacia la posibilidad de ser reciclado, de ser material a mano de otras miradas ansiosas de construir un tejido social, de develar la banalidad tras el montaje cotidiano de lo real, y con ello develar los intereses económicos, y con ello la explotación, y con ello la represión, la bota sobre la cabeza y el culatazo en las costillas.


Leído el 26 de octubre de 2018 en Concreto Azul Libros, Valparaíso





miércoles, 24 de abril de 2019

Transparencia de la casa

Casas enterradas de Isidora Vicencio

Del poema Somos todos: Somos todos/ un montón de casas enterradas/ bajo lluvias y escombros/ cascada del ventisquero/ o un río cualquiera. Somos subterráneos, vivimos abajo, todos estamos cubiertos, escribe Vicencio. Ese es nuestro lugar en el mundo, nuestra situación de vida. La escritura es aquí un intento por describir la obscuridad de vivir abajo, pero también la posibilidad de que la claridad pueda llegar a las ventanas de esa casa subterránea que somos y habitamos. La posibilidad de la transparencia. 

Hace tiempo que no soy de algún lugar/ ni del norte ni del sur…/ la lluvia a veces necesita la tristeza/ como la tierra de mis pies que se desprenden/ o el corazón arrancado de su cuerpo. Estos versos del poema Pangi expresan un sentimiento que recorre gran parte de este libro. El sentimiento del desarraigo, la dificultad vital de pertenecer a un lugar. La continua disolución a que el lugar del origen y la memoria está sometido. Su evanescencia frente al tiempo, que es aquí tiempo destructor, la amenaza de desaparición total de ese lugar primigenio: Tengo miedo del tiempo/ de los rostros que aparecen/ de esa raíz que crece dentro de mí/ hasta quedarme en medio del espacio inmenso/ que deja la partida. La posibilidad de que esta disolución pueda revertirse en el futuro parece incierta, más bien plantea una pregunta abierta como en el poema El futuro: ¿mantendremos la pureza/ el día en que las luminarias/ nos indiquen el camino?/ ¿o seremos solo estatuas?/ utilería barata/ al servicio del vacío/ ¿estaremos a la venta/ en un bazar de la ciudad? 

Utilería barata al servicio del vacío. Vicencio juega su escritura justamente a evitar ese vacío a través del trabajo con el lenguaje y las palabras. La poesía no al servicio del vacío sino apostada a la comprensión y a la construcción de un sentido. A la apertura de las ventanas de la casa sumergida para que pueda entrar el sol. Esa labor, poética y vital, adquiere en estos textos varias dimensiones. 

Jorge Teillier, cuya poesía resuena con fuerza en este libro, definiendo el punto de vista de los poetas de los lares: son cronistas, observadores, transeúntes, simples hermanos de los seres y de las cosas. Los habitantes más lúcidos, tal vez, pero en todo caso, habitantes más de la tierra. Y, quizás, consecuencia de esta actitud es la de que el lenguaje poético no se diferencia fundamentalmente ya del de la vida cotidiana. Simples hermanos de los seres y las cosas, escribe Teillier. Me parece que los textos de Casas enterradas participan también de esta poética. En ellos se despliega la observación minuciosa de los seres y las cosas que habitan nuestra vida cotidiana. Escenas, espacios, donde esta tiene lugar. La casa, la mesa, el bar, la cocina. O más precisamente, la ventana de la cocina: Es verdadera/ esa ventana cálida de la cocina/ donde una luz atraviesa las ramas/ la transparencia de la casa/ debe ser verdadera. En medio de la vida inauténtica que nos ha tocado o hemos elegido vivir, es en los espacios domésticos y cotidianos donde podemos reencontrar el sentido. Donde es posible que la luz atraviese ese ramaje tupido que oscurece nuestros días e ilumine la casa. 

Este libro está hecho de árboles, de pájaros, de olas, de viento. La naturaleza está en el centro de estos poemas. Sus versos dibujan un paisaje si atendemos al sentido original de esa palabra: paisaje es territorio que se mira desde un determinado lugar. Fundación del paisaje en la mirada que en estos poemas es una forma de entrar, de ser parte de lo que se observa. Una manera no de describir sino de sintonizarse, de vibrar al unísono. Como en el poema Pájaro de la cima: Pájaro del bosque/ en mi cuerpo que vibra contigo/ llévame al infinito de donde vienes/ ahuyenta la hilera perdida/ del alma que muere en tu canto. 

Cito nuevamente a Teillier: Nostalgia sí, pero del futuro, de lo que no nos ha pasado pero debiera pasarnos. La poesía no ha calmado el hambre ni remediado injusticia social alguna, pero su belleza puede ayudar a sobrevivir contra todas las miserias. Me parece que Casas enterradas es un libro que coincide con esa forma de nostalgia, la nostalgia del futuro de que habla Teillier. Termino con estos versos del poema La belleza nos salvará de la muerte: La belleza nos salvará de la verdad inamovible/ La transparencia que nos vuelve/bosque/tiempo/ espacio/ La belleza aquí ahora silenciosa/ como una vibración intermitente/ que remece la existencia. La poesía como esa vibración intermitente que remece la casa enterrada que somos. La remece hasta hacerla emerger de la tierra. Hasta que sus ventanas se llenen de luz. Hasta que su interior abandone la oscuridad y se abra a la transparencia. 

Valparaíso. Abril de 2019 


Casas enterradas
Isidora Vicencio
Poesía
Ediciones LAR. 2018





lunes, 8 de abril de 2019

Sabiduría de los pájaros

Pedazos de agua de Roberto Contreras

Es un gusto para mí presentar este libro de Roberto Contreras, amigo entrañable y compañero de viaje. Un viaje ya bastante largo, desde los tempranos años noventa, cuando coincidimos en la Facultad de Humanidades de la Universidad de Chile donde ambos ingresamos para estudiar literatura. Desde entonces, no solo agua ha corrido bajo los puentes. Sin embargo, el trabajo de Roberto, su forma de hacer y vivir la literatura, han sido y siguen siendo para mí objeto de admiración y respeto. Este libro viene a confirmar la vigencia de ese trabajo, desplegado en los ámbitos de la narrativa, la crítica y la poesía. A propósito de este último registro, el poético, aprovecho de apuntar, como sugerencia para el lector atento, la revisión de Siberia, su entrega poética anterior. Publicado por Lanzallamas hace varios años, es un libro que me parece relevante en el contexto de la producción poética de inicios de la postdictadura. 

Entro en el libro a partir de algunos comentarios breves, notas, vistas parciales. Tal como apuntó David Bustos en su comentario, creo que este es un libro engañosamente breve en extensión, pero cuya lectura tiene una resonancia larga, un eco prolongado. Sus significaciones se proyectan en muchas direcciones e invitan a la relectura. 

Escribir es cortar/ surcar con una gubia/ avanzar por las grietas/ rodear los nudos/ pulir las asperezas/ con todo el tiempo del mundo. Estos versos parecen expresar la poética que anima este libro. Escribir es cortar escribe Contreras. Lo propio de la poesía es la poda, escribe Gonzalo Millán en Veneno del escorpión azul. Una comprensión compartida de la escritura como un ejercicio que implica rigor y persistencia. Un trabajo arduo con la forma que busca la sobriedad y la sencillez de lo necesario. Escribir con la sencillez del gato que limpia su pelaje con un poco de saliva, cito nuevamente al gran Millán, uno de nuestros maestros en el arte del corte y la concisión. 

Este es un libro escrito con la exigencia de fijar en el texto solo aquello que es imprescindible. Pero también producto de un trabajo con el silencio que es aquí uno de los materiales fundamentales de construcción. Escribir es una forma de callar, decía Lihn. Creo que la escritura de este libro, hecha de blancos y elipsis, participa de esa definición. Este es un libro hecho, en gran medida, de silencio. Eso es lo que le permite proyectar lo que a mí me parece uno de sus rasgos esenciales: la claridad. Claridad en el sentido de silencio como escribió alguna vez George Oppen. 

El contrapunto a este silencio, a esta prolija construcción de una claridad del poema, es el trabajo que intensifica la carga de sentido de cada palabra y cada verso. La gran literatura es sencillamente idioma cargado de significado hasta el máximo de sus posibilidades. Pedazos de agua se hace cargo de la conocida máxima de Pound y la pone en juego mediante la concentración y la energía que transmiten al lector cada una de sus imágenes. Concentración. Condensación. Desde este punto de vista, esa es la capacidad que debería desarrollar el poeta, el sentido último de su oficio. Como escribe Lorine Niedecker en un poema que descubrí hace poco. El poema se llama Poet ´s work, El trabajo del poeta: Abuelo/ me dio un consejo: /Aprende un oficio // Aprendí/ a sentarme en mi escritorio/ y condensar // No me cesarán/ de esta /condensación. 

Manejar con simpleza la vida/ como se unta un trozo de pan en una yema/ llevar en un vaso solo el agua de ese día/ sin desgastarse en querer llamar / todas las cosas por su nombre. Si la poética de este libro es la del silencio y la condensación, la política que propone, en mi opinión, tiene que ver con la presencia y la atención sobre la naturaleza y las escenas de la vida cotidiana. Manejar con simpleza la vida no es una tarea fácil en el contexto que estamos viviendo. Una época donde el tiempo ha sido vaciado de sentido, ha perdido su aroma como escribe Byung Chul Han. Vivimos habitando el tiempo muerto de la producción y el espectáculo que ponen un ritmo frenético a nuestra vida cotidiana. Un ritmo vertiginoso donde se suceden sin parar las experiencias de superficie y las imágenes falsas sin que podamos respirar fuera de ese flujo que nos envuelve hasta ahogarnos. 

El trabajo de la poesía: cortar, surcar, avanzar, rodear, pulir. Esa labor debe realizarse, tal como escribe Contreras, con todo el tiempo del mundo. Para conseguir ese tiempo debemos ser capaces de salir del flujo. Usar las cosas que nos rodean, como recomienda Carver en el epígrafe, para tomar conciencia del presente. Para estar en el aquí y el ahora. Cito para terminar un poema del libro Pedazos de Robert Creeley: Tan real como pensar,/ milagros creados/ por la posibilidad/ formas. Un punto al final de una oración/ que comenzaba/ con era/ hasta un presente,/ una presencia/ que dice/ algo/ mientras avanza. 

Una presencia que dice algo mientras avanza, escribe Creeley. Tal vez eso sea la poesía, o cierta comprensión de lo que ella es, desde la perspectiva de este libro y la tradición en que se inscribe. Tal vez la poesía sea una forma de salir del flujo irreal del consumo y el espectáculo, de superar sus ficciones ya omnipresentes. Una forma de salir de todo eso y vivir en tiempo real. En el aquí y el ahora. De recordar, como escribió Gonzalo Rojas, que vivir y morir en la realidad es entender que el sol es la única semilla. De adquirir algo de sabiduría real. Esa que, como dicen los versos que abren este libro, solo los pájaros conceden. 


Valparaíso, abril de 2019

Pedazos de agua
de Roberto Contreras
Poesía
Carbón Libros, 2018


domingo, 3 de marzo de 2019

En la Movida

Poesía chilena & Autogestión

Los libros más caros del mundo. Ni mecenas, ni filántropos. Un apoyo estatal incierto e insuficiente. ¿Cómo se hace poesía en un país así? Escribirla. Leerla. Construir situaciones de diálogo e intercambio que permitan la circulación de textos, ideas e imaginarios. Seguramente, con la misma estrategia que siempre o casi siempre ha ocupado la poesía chilena para existir y proliferar. Abandonar la expectativa de que las condiciones mejoren o que alguien ayude. En vez de esperar, hacer, actuar. Autogestión es eso, hacerlo uno mismo. Do yourself. 

Eso es lo que escribí cuando me pidieron un párrafo para enviar previamente a los participantes de esta mesa en la idea de sugerir un marco para la discusión. Agrego brevemente algunos elementos para abrir la conversación. 

La literatura no existiría en el capitalismo, si este no se la hubiera encontrado hecha. Estas palabras de Ricardo Piglia son especialmente atingentes en un país como este. Un país cuya vida ha sido colonizada ya casi por completo por el dinero. Desde luego, no parece razonable esperar grandes cambios respecto a esto en el futuro cercano. La ley que seguirá rigiendo la vida en este país, con toda seguridad, será por mucho tiempo más la ley de la oferta y la demanda. Los ritos cotidianos de la compra venta. La lógica de la Utilidad. 

La poesía no se vende. Es un mal negocio, a lo menos uno de alto riesgo. La poesía es inútil, no genera utilidades. La poesía no sirve para nada, me dicen, escribió Elicura Chihuailaf. Es exactamente eso lo que viene diciendo el poder en este país a lo menos desde la implantación de la actual forma de vida durante la dictadura. Entonces, en un contexto así, es difícil explicar cómo la poesía chilena no sólo ha sobrevivido sino que goza de una vitalidad que parece paradójica. Difícil, si no se hace el trabajo de rastrear las experiencias cuyo empuje y creatividad hicieron posible su persistencia durante los años más negros y hasta ahora. 

Pienso en la importancia de rastrear, por ejemplo, el movimiento poético y cultural de los setentas y ochentas. Sus revistas, La Gota Pura, La Castaña, La Bicicleta. Sus editoriales, Ganymides, Sin Fronteras, Gráfica marginal, Mosquito. Sólo por mencionar algunas. La construcción de la Unión de Escritores Jóvenes y la Asociación Cultural Universitaria. Sus formas de hacer literatura, casi siempre autogestionarias. Las artesanías que se inventaron y practicaron para mantener la luz frágil de la poesía en medio del oscurantismo cultural y la escasez absoluta de recursos. 

Leer esa historia y la historia posterior, investigarla, reconstruirla, es vital para comprender cómo, desde hace ya mucho tiempo, la poesía fue desalojada de la vida cotidiana de este país, puesta a la intemperie. Y, sobre todo, cómo, a pesar de eso, ha podido persistir. Cómo la poesía ha sido una importante forma de resistencia al arrase cultural que ha significado el desarrollo, hasta ahora incontenible, del chilean way of life. La poesía como antimateria de la sociedad de consumo, escribió Gonzalo Millán. La poesía como una experiencia de generosidad y colaboración a contra mano del país donde dominan el interés y la competencia. 

La autogestión es una forma de hacer. Pero también una poética que implica una cierta forma de convivialidad. Una cierta forma de relacionarse entre quienes asumen estos quehaceres. No hay dinero en la poesía, pero tampoco hay poesía en el dinero, dijo Robert Graves. Si, más allá de resolver la sustentabilidad básica de los proyectos, lo que se pone en el centro no es el dinero sino el desarrollo creativo y la experiencia compartida de darle una expresión concreta, se abre la posibilidad de establecer otro tipo de relaciones. Unas relaciones basadas en la participación en un esfuerzo común. 

Respecto de esto, se me viene a la cabeza la experiencia propiciada por Lihn en la filmación de la película - performance Adiós a Tarzán. Es 1984 y Lihn convoca, con el pretexto sarcástico del fallecimiento de Johnny Weissmuller, a lo que llama un variopinto abanico de personas y algunas personalidades, que incluye familias enteras e integrantes de ámbitos generacional y creativamente disímiles, escritores, plásticos, músicos: un exceso de gente, alguna mal informada, por lo demás, sobre el acto. Esta comunidad, entre cuyos integrantes se cuentan desde su propia hija a Francisco Coloane, es convocada desde una poética muy clara. Tal como empieza diciendo el folleto de invitación al estreno: “Adiós a Tarzán” es fruto de La Movida: arte de explotar la amistad en beneficio de un trabajo común que requiere del oficio y de la identidad de todos, sin remuneración económica para nadie. 

La poesía chilena desde hace mucho ha sido autogestionaria. En las peores condiciones aprendió a pararse y a defenderse sola. Seguramente, lo que ha estado detrás de su fuerza y resilencia, es algo parecido a lo que Lihn llamó la movida: la amistad en beneficio de un trabajo común que requiere del oficio y de la identidad de todos. Tal vez de eso de trate. De imaginar y compartir con otros nuevas movidas. No detenerse, mantenerse siempre en movimiento. Estar en la movida. Ya lo dijo Nicanor. Lo que no cambia de lugar es prosa. Todo lo que se mueve, eso es poesía. 

Valparaíso. Febrero de 2019. 

Intervención en Modelo para armar. Mesa de discusión. MARAÑA Festival de Poesía Joven. Valparaíso, 22 de febrero de 2019.







jueves, 7 de febrero de 2019

Pan duro

Panaderos de Nicolás Meneses


Tuve la oportunidad de leer y comentar hace algún tiempo Camarote, primer libro publicado por Nicolás Meneses. Un buen libro de poesía que despertó mi expectativa por conocer su siguiente entrega. Desplazar su escritura hacia la narrativa, hacia la novela en este caso, y hacerlo con propiedad, es un primer mérito de Panaderos. Me interesan particularmente los autores que intentan escribir en un registro amplio, libres de especializaciones genéricas. Practicar lo que Enrique Lihn, ese camaleón que se paseó por todas las formas de escritura, llamó la literatura poligénero.

Comienzo citando este texto que está al inicio de la novela: ¿Porqué los panaderos visten de blanco? Me acuerdo que fue la primera pregunta que le hice al papá cuando me llevó a ayudarlo en la panificadora. (…) ¿Porqué los panaderos visten de blanco? Porque es nuestra religión, contestó. Nunca hago dos veces la misma pregunta ni me gusta indagar en el porqué de algunas cosas. Incluso cuando la respuesta que consigo de las personas es un chiste, para mí es suficiente. Más aún cuando niño. Yo creía en un dios del pan como mi papá. Como todo cabro chico, creía en lo que su padre le dice. Creía sobre todo en el trabajo bien hecho.

Me parece que este texto es clave. La respuesta del padre panadero a su hijo aprendiz encierra una imagen del mundo del trabajo cuya desaparición es parte esencial de la trama de este libro. Un mundo perdido, unos valores caducos. El amor por el oficio. Una ética que radica en hacer las cosas bien. Los panaderos visten de blanco por religión, dice el padre. Y con ello describe la poética de los trabajadores de antaño. Los trabajadores del extinto capitalismo industrial. Aquellos que veían en el trabajo una forma de dignidad y una cuestión de fe. Ser hombres de trabajo, tener una vida de trabajo. Lo que le toca al hijo del panadero de oficio, el joven William Fuentes, es un mundo bien distinto. Un mundo donde las nuevas condiciones laborales impuestas han arrasado casi por completo con la fe y el orgullo trabajador. Donde el dios del pan en que creyó su padre hace rato ya está muerto.

La necesidad es lo que lleva al joven William Fuentes a trabajar en la panadería del supermercado. Su padre ha perdido una mano trabajando en las máquinas panificadoras, su madre sólo consigue trabajos esporádicos, su hermana estudia. Alguien debe solventar los gastos, asumir la responsabilidad. La situación de la familia del protagonista, marcada por la precariedad económica y la incomunicación entre sus miembros, parece metaforizar lo que es la vida cotidiana para los trabajadores de este país. Vidas mínimas, como diría González Vera. O más precisamente, vidas reducidas al mínimo. Vidas reducidas por el abuso permanente y sistemático, y la aceptación resignada del orden de las cosas. La soledad y la desesperanza de los de abajo, los habitantes desafortunados de lo que Mark Fisher llamó el Realismo Capitalista. Sus vidas atrapadas en la rueda que nunca se detiene, que gira sin descanso entre las fantasías del consumo, el crédito usurero y el trabajo precario y mal pagado. Las consecuencias de esa vida áspera y frustrante en el ámbito de los afectos y los sentimientos. El capitalismo al interior del hogar. 

Este libro despliega un registro verosímil de la vida que le toca vivir a la mayoría de la gente aquí. El pueblo trabajador, su sobrevida en la versión chilena del capitalismo tardío, una de las más salvajes del mundo. Dice el protagonista: Cumpliendo horario cualquier movimiento es autodestructivo, nuestro cuerpo puede detonar por cualquier parte en cámara lenta, dispersando esquirlas por toda la escena. Es como una etapa difícil de un juego de guerra, donde sin querer recibes balazos de todas partes. En Chile, trabajar, esa penuria cotidiana, ese trago amargo de todos los días, puede convertir a una persona en una bomba de tiempo a punto de estallar. En el país más capitalista del mundo, es más cierto que en ninguna otra parte: aquí ganarse la vida es perderla.

El estado de excepción es la norma, escribió Giorgio Agamben a propósito de la lógica de funcionamiento de la sociedad contemporánea. Lo que parece ser cierto a nivel social también podría serlo en el ámbito de la vida privada y afectiva de los trabajadores contemporáneos. Los personajes de esta novela son afectados una y otra vez por la desgracia, su vida interrumpida por el accidente y la mala fortuna. Su vida transcurre en estado de permanente excepción. El proletariado ha devenido aquí en el precariado. El país en un largo y angosto supermercado donde se vive en la inseguridad de la intemperie. 

Pienso en el lugar de esta novela en el contexto de la larga y potente tradición de literatura social chilena. Pienso en Baldomero Lillo, Manuel Rojas, José Santos González Vera, Carlos Droguett. Creo que Panaderos participa de esa tradición actualizándola. Indagando, como pocos textos recientes, en la fisonomía fantasmal de lo que alguna vez fue llamado Pueblo. Practicando la literatura como un trabajo de lenguaje que permite comprender mejor la realidad histórica y la identidad comunitaria. Que se juega, como quería Droguett, por no dar la espalda sino enfrentar la realidad nacional. Aunque en vez de una marraqueta crujiente lo que augure el futuro inmediato sea pan duro para los panaderos de este país. O justamente por eso. 

Valparaíso. Febrero de 2019.

Panaderos
Nicolás Meneses
Novela
Hueders.2018.

            


lunes, 21 de enero de 2019

A perdedor

Para matar este tiempo de Guillermo Riedemann

Recuerdo cuando el poeta David Bustos me pasó, tal como recuerda en uno de los epílogos de este libro, un ejemplar de Para matar este tiempo, edición de 1983. Fue a mediados de los noventa. Inicios de la transición a ninguna parte, década de las Grandes Componendas. Leído en ese contexto, tanto su fondo como su tono podían parecer a más de alguien, algo extemporáneos, un tanto fuera de foco. Testimonio de una época de lucha que el clima impuesto en esos años de post dictadura, clima de amnesia y conciliación con el fascismo, parecían dejar, contundente y vertiginosamente, atrás. 

A contramano de todo eso, recuerdo haber leído sus páginas corcheteadas con interés y emoción. Tenía veintitantos años y esas páginas me transmitían, con intensidad e inteligencia literaria, justamente todo lo que se estaba intentando sepultar con tanto ahínco. La experiencia de imaginación y esperanza, de rebelión personal y política, que fue la vida para muchos durante los años del asco, como los llamó Stella Díaz Varín. 

Algunos breves apuntes de lectura sobre esta nueva edición de Para matar este tiempo que nos trae, al mismo tiempo, ese mismo y un nuevo libro. 

También se cantará en tiempos oscuros, escribió Brecht. Desde luego, este libro fue escrito en medio de la oscuridad. Sus versos presentan escenas de esa vida a oscuras. Pero también afirman su vitalidad preguntándose por el sentido de escribir poesía en ese contexto. ¿Qué hace, qué debe hacer un poeta que escribe en lo oscuro? ¿Cómo ser poeta, escribir y comportarse como uno, en esa oscuridad? Estas preguntas, que protegen al texto de cualquier mesianismo, no son aquí problemas teóricos sino dilemas que solo pueden responderse con la escritura misma, de manera urgente y concreta. 

Esta es la situación de esa escritura, según relata el propio Riedemann en una entrevista: Trabajamos juntos (con Manuel Silva Acevedo en una agencia publicitaria), alrededor de un año y allí, en esa oficina que compartimos en 1983, escribí Para Matar este Tiempo. Manuel trabajaba media jornada, en las mañanas, y por las tardes yo me quedaba solo. Cerraba la puerta de la oficina y en la vieja máquina de escribir que debía usar para crear avisos publicitarios, apareció aquel libro. Recuerdo que fue en octubre y que por las mañanas le leía a Manuel lo que había escrito la tarde anterior. No fueron más de veinte días; alrededor del día 15 de ese mes Manuel me planteó muy seriamente que debía publicar el libro. Este libro fue construido, en caliente, como una respuesta política y vital a la oscuridad. En medio de toda esa violencia, de toda esa muerte, intentar escribir poesía para matar ese tiempo. Veinte días. Cerrar la puerta. Sentarse frente a la vieja máquina de escribir. Alumbrar un pequeño espacio hecho de palabras. Palabras capaces de brillar, de iluminar por un momento al menos, la negra noche cotidiana del estado de excepción. 

Si no somos capaces de vivir ahora mismo/lo que queremos construir entre todos para más tarde/Qué vamos a construir si no sabemos de qué se trata/La única posibilidad de saberlo es vivirlo desde ahora. Cito este texto porque sus versos encierran algo que me parece esencial en este libro. Esto es poesía política, claro, si por tal se entiende el relato de una experiencia y no la exposición de una ideología. En este sentido, esta poesía está en las antípodas de cualquier didactismo o proselitismo ingenuo. Más aún, su comprensión de la revolución, o como se llame ese tiempo que podría venir luego de matar este, no es la convencional. La utopía no es aquí un lugar lejano, allá en el futuro, siempre postergado, como en los antiguos relatos utópicos. Lo importante es la capacidad de vivir ese tiempo de libertad, la poesía, ahora mismo. Interesante esto a propósito de la comprensión compleja y contracultural de la utopía y de la lucha que encierran las páginas de este libro. Matar este tiempo es perseguir una utopía, sí. Pero una que pueda vivirse aquí, ahora mismo. 

Cito: Cuando no se sabe bien qué escribir se escribe/Lo que manda el corazón tum tum tum tum tum. Otro verso: Yo solo quiero escuchar el sonido del corazón. Escribir poesía en la oscuridad es aguzar el oído para escuchar. La oscuridad no solo es falta de luz, también es falta de silencio. Saturación, ruido. En medio de todo eso, de la gigantesca cacofonía del poder, intentar escuchar ese pulso. En medio de tanta gente a la que le corre dinero en las venas, restablecer el flujo de la sangre, retomar el ritmo verdadero del corazón. Para matar este tiempo es necesario, como escribió José Ángel Cuevas en el mismo espíritu de este libro, destruir la lógica del sistema en nuestros corazones. Reponer el tum tum tum, el pulso real de nuestras vidas. 

Hay muchos aspectos de este libro que es imposible abordar aquí. Partiendo por la relación entre los tiempos de su escritura y publicación y el extenso arco de 35 años en la historia de este país que sus páginas abordan. 

Termino citando en extenso el fragmento 104: El poeta pierde la partida frente al poder/El poeta se opone y enfrenta al poder/Escribe poesía para matar este tiempo/A sabiendas de que la batalla está perdida/Los poderosos desdeñan al poeta aunque lo leen/A veces compran sus libros y se fotografían con él/Como registro de sensibilidad ante los otros/El poeta es el vencedor cuando pierde la partida/Si un poeta gana el pleito con el poder/Es que ha pasado a ser parte de ellos/O dicho correctamente ha sido incorporado/Como bufón y servidor animador delicado/De sus insoportables tardes de tedio/Entre el poder y el poeta el combate es a muerte. 

El poeta pierde la partida frente al poder, escribe Riedemann. Es el vencedor cuando pierde la partida. El combate es a muerte. Creo que este libro, su forma de comprender la poesía, participa de una tradición que busca y encuentra en esa derrota inevitable y paradójica su razón y su sentido. Como la pelea de samuráis que según Roberto Bolaño es la literatura: La literatura se parece mucho a la pelea de los samuráis, pero un samurái no pelea contra otro samurái: pelea contra un monstruo. Generalmente sabe, además, que va a ser derrotado. Tener el valor, sabiendo previamente que vas a ser derrotado, y salir a pelear: eso es la literatura. Si la poesía quiere ayudar a matar este tiempo, su derrota debe ser total. Eso es lo que reafirma este libro. No hay éxito posible. El poeta verdadero siempre va a perdedor. Lo sabe. Pero igual sale a pelear. 


Valparaíso. Enero de 2019 

Para matar este tiempo
Guillermo Riedemann
Poesía
Editorial Bogavantes. 2018