sábado, 29 de octubre de 2016

CRECER EN EL PAÍS PUDRIDERO

(Notas sobre Los bigotes de Mustafá, de Jaime Pinos)


1. En la primera página de la novela se advierte, como si fuéramos esos desocupados lectores, a los que aludía el Manco de Lepanto, de cuyo nombre no quiero acordarme ahora: “Que trata de lo que verá el que lo leyere, o lo oirá el que lo escuchare leer”. Me parece estar viendo esa advertencia escrita en la copia anillada, que fue el manuscrito que circuló algunos meses antes de convertirse en la primera novela publicada en 1997 por la mítica editorial La Calabaza del Diablo. 

Nada es casualidad. Mucho de lo que ahí quedó escrito ocurrió, y forma parte de lo que el mismo narrador advierte, como una declaración de principios, en la voz de El Escriba: “Cada vez que, como ahora, escribo en las páginas de este cuadernito, me empeño para que quede bien lo que escribo, lo que cuento, las historias de la Logia. Para que en unos años más, cuando nos juntemos y leamos el cuaderno, sea bonito abrir y leer una página cualquiera y todos nos riamos y recordemos. Entonces elijo con cuidado las palabras, cada palabra tiene un timbre tan distinto. Reparo en el ritmo de los párrafos. Pongo cuidado al final de cada frase. Para que suene bien. Para que suene bonito, como una canción o una música. El texto como una música”.

Una vez que pasó la ola de moda con el libro Los Detectives Salvajes, y le preguntaban en ánimo de polémica a los supuestos personajes aludidos en la historia, casi todos vivos, menos Mario Santiago, sobre la versión que había hecho Bolaño de los Infrarrealistas; surgían dos bandos: los que valoraban el libro como una posibilidad documental, y los que despreciaban la mirada narrativa, aludiendo a que éste había tergiversado todo, y que dejaba aún más miserable a Mario (Ulises Lima, en la novela), y que solo era un compendio del ego y misoginia del chileno-mexicano-catalán radicado en Blanes. No sé qué pueda ocurrir ahora, cuando se refresque la memoria con las historias y los personajes que Pinos echó a correr acaso sin pensar en esta proyección de tiempo, y que les llamó La Logia. O tal vez sí lo estaba pensando, pero a esta altura, se encuentra tan lejano a los supuestos, casi dos décadas después, cuando los de entonces ya no son –ni somos– los mismos, en un país tan distinto al del libro, y sobre todo tan distinto al momento en que se publicó esta novela, que vale una salvedad en la escena, decir que en medio del fenómeno de los coletazos de la Nueva Narrativa, resultó finalista al Premio Municipal de Literatura ese año. 


2. Notas de El Escriba:

“El País Pudridero.

Donde había cosas que olían mal.

Donde había gente que olía mal.

Siglo XX, Cambalache,

himno nacional.

Crecer en el País Pudridero.

La desconfianza y el par de ojos en la nuca.

Este dedito compró un huevito, 

y este otro se lo robó,

juego nacional.

El País Pudridero.

Donde todo vale.

Donde sálvese quien pueda.

Crecer sintiendo en las narices esa parte podrida del país”.


3. Es curioso, pero acaso el libro más político de Jaime Pinos, que en palabras de Díaz Eterovic, es “un testimonio auténtico, creíble, de un trozo de la historia chilena más reciente”, tenga una gran cuota de inocencia, de candidez, de juego e imaginación, siendo capaz de subvertir tanto odio para hacernos creer que la historia que cuenta (un grupo de jóvenes viviendo en Dictadura) también puede ser feliz y hacernos creer en un país distinto: “Nada es imposible para la imaginación”. Y es que si algo se anticipa con su tono, en este el primer libro de Jaime, es la posibilidad de hacer de la literatura una muestra de lo cotidiano. Una sola cosa, diría él mismo, Arte & Vida. Claro, con los años esa candidez, esa inocencia, por decirlo así, fue mutando y dando paso a la densidad, a la aridez, el calibre de las palabras para lo duro de una realidad, al decir de Lihn, que se convirtió en la única película que le quitó el sueño. Entonces se vino Criminal, Almanaque, 80 días, sus reseñas críticas, Visión periférica, y los proyectos que va fraguando Jaime como lector y escritor. Hay una pregunta muy común suya, y es consultar sobre qué estás leyendo. Algo que en es este libro, ya estaba, y no sorprende al leerse cuando dice: “Yo por esas fechas:/ Cortázar, Droguett, Onetti, Teillier/ Soriano, Carpentier, Benedetti/ (…) Los libros eran peligrosos en el país del Jefe Supremo/ Leer era peligroso./ Saber era peligroso. / Imaginar era peligroso”. Es valorar la lectura, incluso por sobre la escritura. 

4. Mi ejemplar de Los bigotes de Mustafá, de 1997 tiene una dedicatoria: “Para Roberto con afecto. Si no publicas tu novela te mato!!!”. Así dice. Se refiere a mi libro Ahora es cuando, que apareció al año siguiente también por la Calabaza del Diablo. La dedicatoria tiene como ruido de fondo, los pastos del Campus Juan Gómez Millas. El casino de Artes, único lugar donde vendían café que no fuera Nescafé. Las librerías de viejo. Los bares: Los Cisnes, Las Lanzas, Inés de Suarez, Baquedano en Plaza Italia. Los cigarros, en ese tiempo yo no fumaba. El vino, en ese tiempo me cambié al vino tinto. La música, el Jazz. El rock. Los libros. El olor a imprenta en casa de la familia Montecinos. La revista La Calabaza del Diablo. La noche de Santiago. El país triste y desilusionado de los ’90. Todo lo que luego yo intenté registrar en mis poemas de Siberia. Y que deben mucho a esta historia que fue estar cuando apareció esta novela.

5. No estamos solos mientras recordamos, advierte Carlos Droguett. Y este libro, su reedición, reunirnos otra vez, es una nueva posibilidad de espantar al cuco, echar afuera la imagen atroz de lentes polarizados que vigiló las fotos de nuestra infancia y juventud; con muestras tangibles como éstas, de las que hubo muchas, como globos de papel flotando sobre la ciudad que es nuestra memoria. Es recordar con ayuda de Los bigotes de Mustafá, y asumir que nunca estuvimos solos. Y que la literatura sigue siendo un juego, una trampa, un encuentro, ritmo, como la música, como la amistad. Salud por los nuevos lectores del libro hoy.


Roberto Contreras 
Plaza Italia, 21 Octubre de 2016.


lunes, 24 de octubre de 2016

Reeditar es releer. Releer es recordar.


Los Bigotes de Mustafá /20 años

Dos escenas. Dos recuerdos:

Es 1996. Tienes veintiséis años. Estudias literatura en la Universidad de Chile, después de dos carreras frustradas. Terminaste una novela, crees haber terminado una novela. La has hecho leer a los amigos, Contreras, Montecinos, Olivares, Barraza, los comentarios son alentadores. Le pasas el anillado con la única copia a Zambra, le gusta. Está investigando para una tesis sobre el poeta magallánico Rolando Cárdenas y ha entrado en contacto con Ramón Díaz Eterovic. Cree que Ramón debe leerla, que puede hacer buenas sugerencias para afinar el texto. Vas con Zambra a su casa en el Barrio Toesca, te dice que vuelvas en un par de semanas. Vuelves transcurridas las dos semanas, sin Zambra que no terminaría su tesis sobre Cárdenas. Al cruzar el umbral de la biblioteca, cientos de libros en equilibrio precario, escuchas la trompeta de Chet Baker. Sobre la mesa, un par de vasos, una botella, el anillado con la novela, un papel con notas y correcciones. Ramón te felicita. Brindas con él.

Es 1997. Montecinos ha impreso la novela. La diseña Zambra, el único que sabe algo sobre page maker. Montecinos ha publicado, hace pocos meses, algunos títulos de poesía porteña y has hablado con él sobre trabajar juntos en el sello editorial. El sello se llamará La Calabaza del Diablo. También planean editar una revista. Organizan el lanzamiento de la novela. El lugar es una especie de garaje, en el Barrio Yungay. La sede de un nuevo grupo político estudiantil llamado Surda. Esa noche hay danza, música y teatro. El ambiente es de fiesta. Leen sus textos varios de tus amigos en una lectura colectiva y maratónica. Al poco tiempo, empiezas a trabajar con Montecinos en el proyecto, los libros, la revista. Deciden poner un pie al nombre del sello. Ahora dirá: La Calabaza del Diablo. Ediciones Independientes. 

Reeditar es releer. Releer es recordar. Es lo que hago mientras escribo estas líneas para la presentación, veinte años después, de Los Bigotes de Mustafá. Es lo que me encuentro releyendo sus páginas, en el texto que abre el libro e intenta comunicar el sentido de su escritura: Hago esto para ayudar a la memoria a recordar. A recordar ese tiempo que ahora parece tan lejano y está apenas a la vuelta de la esquina. Ese tiempo en que todo era tan distinto. Para cumplir con la razón por la que fue escrito este cuaderno: servir como una pista de quiénes éramos entonces para ayudarnos a saber quién cresta somos hoy en día. Ahora que estamos más acá del perdón y del olvido.

Escribir para ayudar a la memoria a recordar. Una tarea nada fácil durante lo que la novela llama Los años de la Gran Amnesia. Estos años de la eterna post dictadura chilena en que el olvido ha pretendido imponerse social y culturalmente. Una tarea la de la memoria que, sin embargo, a pesar de su aparente imposibilidad, ha hecho suya nuestra mejor literatura. Antes y ahora. Pienso en Rojas, en Droguett, en Bolaño. La letra que ha asumido la labor de recrear la memoria, de no dar la espalda al lado crudo de nuestra historia y de nuestro presente. Este presente que habitamos y que solo se hará comprensible reparando la red del recuerdo. Ayudándonos a practicar más y mejor el trabajo cotidiano de recordar.

En cuanto al contexto de la novela, a casi treinta años del Plebiscito del año 88, pienso en esos días y los recuerdo como un tiempo de incertidumbre y de violencia pero también de entusiasmo y esperanza. Una esperanza y un entusiasmo demasiado cándidos como demostraron los años posteriores. Sin embargo, creo que es importante intentar reconstruir ese movimiento civil que congregó a una multitud de energías y voluntades. Una multitud que no solo quería el fin de la dictadura política. Luego de los largos años atroces del miedo y la violencia, también quería otra forma de vivir. Reconstruir las formas de resistencia y lucha contra la dictadura, las formas de ejercer el rechazo e imaginar otras posibilidades de vida, otro futuro. Recuperar la experiencia de ese movimiento, comprenderla no sólo en el plano de lo social y lo político sino también de lo personal y lo cotidiano. Ese trabajo, es seguro, puede aportar conocimientos muy útiles a las luchas actuales. Sigo creyendo que la literatura, aún las notas dispersas en un cuaderno azul como es el caso de este libro, puede dar testimonio de su época. Que la memoria colectiva, como historia y como ficción, es un campo fundamental de trabajo e investigación. A la vez que una exigencia ética y política.

Servir como una pista de quiénes éramos entonces para ayudarnos a saber quién cresta somos hoy en día. A veinte años de haber escrito eso, sigo creyendo que la literatura puede dar esas pistas. Está dicho: el verdadero escritor es un detective. Un verdadero detective, a pesar de los riesgos y de los sinsabores, no cesa nunca en su búsqueda. Sigue las pistas. Hasta el final. 

Valparaíso. Octubre de 2016










lunes, 22 de agosto de 2016

Contra la arrogancia

Contra el origen de Víctor Quezada


Contra el origen reúne cuatro ensayos, tres de ellos publicados con anterioridad a esta edición y uno inédito. Es imposible abordar aquí la cantidad de problemas y escrituras que sirven de material para la urdimbre de este libro. Me concentraré en los dos primeros ensayos que contienen, a mi parecer, elementos para situar la forma en que este libro hace crítica, sus coordenadas de desplazamiento. Notas, apuntes, en sintonía con el registro propuesto por este mismo libro.

Contra el origen es el título del libro y también del texto que le da inicio. Entonces cabe la pregunta: cuál origen, qué origen, Una pregunta planteada en las palabras que inauguran el texto: ¿Cómo comenzar? Muchas veces nos enfrentamos al dilema de encontrar las palabras precisas que abran el texto, así como se abren los ojos al paisaje o el obturador a la luz. El origen del texto como ese abrir de los ojos o del lente de la cámara. Como el enfrentamiento directo de la mirada con la sucesión imprevisible de las imágenes. Su flujo continuo, ininterrumpido, imposible de fijar.

Manifestarse contra el origen significa desatender las imposiciones de inteligibilidad, resistirse a que la existencia heteróclita de lo múltiple quede reducida al despliegue de un fundamento cierto y representable, escribe Quezada. Manifestarse contra el origen. Escribir y leer contra la idea de que un texto, para ser entendible, debe fundamentarse, tener un fundamento, una base sobre la cual sostenerse. En el ámbito crítico, ese fundamento suele ser la adscripción, más o menos explícita, a determinados paradigmas o marcos teóricos. Los textos críticos suelen ser así aplicaciones de la teoría, lecturas sesgadas desde el inicio por el uso de cierta forma de leer cuyo campo de visión está predeterminado. 

Lo mismo ocurre con las formas narrativas, por supuesto. La novela, el cine. En ellas también funciona lo que Víctor Quezada llama aquí la aporía de la idea de un evento originario, pleno en su consecución de una inteligibilidad que orienta el movimiento narrativo. Sin embargo, también hay escrituras que han sido construidas contra esa aporía, contra el origen. En el texto, sirven de ejemplo dos escrituras, una literaria, la otra cinematográfica. La narrativa de Macedonio Fernández y el cine de Raúl Ruiz. 

Abrir una novela es abrir una ventana hacia la vida. La parodia en Macedonio de este clásico comienzo de la novela naturalista opone a la ideología del realismo la aporía del inicio, la opacidad, la oclusión, el momento en el que el lente se obtura impidiendo el paso de la luz y hace del origen referible un inicio (infinitamente) diferido. En este sentido, la novela es imposible. Me parece que la referencia a El Museo de la novela de la Eterna es muy pertinente. Un libro contra el origen que incluye una cincuentena de prólogos e introducciones que parecen querer diferir, dilatar, demorar continuamente su inicio. Una novela que no empieza nunca. Que acumula comienzos que se superponen unos a otros hasta borrar toda posibilidad de reconstituir en la lectura un origen claramente establecido. Una novela como un campo magnético o un sistema dinámico que funciona en base a tensiones y cuyos límites son móviles, nunca bien precisables. Una novela imposible, como escribe Quezada. Toda la literatura de Macedonio Fernández, esa metáfora de la literatura argentina como dice Piglia, podría leerse como una literatura no solo contra el origen sino también contra todo fin o destino. Una Continuación de la nada como reza uno de sus títulos.

La referencia a Raúl Ruiz, a los principios constructivos de su lenguaje cinematográfico, va por el mismo lado. En este caso, la escritura contra el origen está en la resistencia a la convención narrativa del conflicto central. Escribe al respecto Quezada: Frente a la teoría del conflicto central, Ruiz propone la concatenación de microacciones que dispersan la dirección única, el sentido preestablecido que marca el camino de la decisión, de la puesta en paradigma. Microacciones que desestabilizan la teoría del conflicto central. Microacciones que dispersan la dirección única. Desde el punto de vista del cine de entretención, en las películas de Ruiz no pasa nada o casi nada. No hay una trama y unos personajes protagónicos o secundarios cuyo antagonismo articule la narración. Quezada citando a Ruiz: se nos dice que nuestro papel consiste en llenar dos horas de la vida de unos cuantos millones de espectadores y en asegurarnos de que no se aburran. Por el contrario, el cine de Ruiz reivindica el aburrimiento. Como escribe en Poética del Cine: Si propongo esta modesta defensa del aburrimiento, es justamente porque las películas que me interesan provocan a veces algo parecido. Digamos que poseen una elevada calidad del aburrimiento Más que un cine de acción, en vez de contar una historia, quiere ofrecer al espectador una experiencia relacionada con el lenguaje y el tiempo. Contra el cine reducido a un mero pasatiempo, Ruiz busca provocar en el espectador eso que llama una elevada calidad del aburrimiento.

Finalmente, me gustaría referirme brevemente a un aspecto desarrollado en el segundo ensayo: Dejar de escribir, salir del libro. Escribe Quezada: He decidido escribir este texto a partir de notas, formas breves, sin mayor unidad, anotadas en momentos de pequeña iluminación; decidí entregarme a la lectura de ciertos libros y, a partir de ella, anotar, subrayar, y no traicionar esas anotaciones con la arrogancia de la articulación del texto crítico. Decidí emprender la tarea de anotar el presente. Notas, apuntes, registros de ciertos momentos en la vida y en la lectura. Anotaciones contra la arrogancia de la articulación del texto crítico. Esto último me parece importante. La opción por un texto fragmentario, construido en base al montaje de pequeñas piezas que en conjunto dibujan un ámbito literario y estético. Me parece que esta opción formal también encierra una decisión política y, si se quiere, ética. 


Elegir una forma implica la elección de una manera de entender el mundo, escribe el autor recordando a Barthes. La elección de la forma de este libro, el cuaderno de apuntes, la libreta de notas, implica también una forma de comprender el ejercicio crítico. No es solo contra el origen que está escrito este libro. También contra cierta crítica. Aquélla que se presenta a sí misma como un método de interpretación capaz de agotar los sentidos de un texto. Aquélla que se entiende a sí misma como una posición de autoridad, un sistema que opera sobre la base de jerarquizaciones y clausuras. Este libro fue escrito contra esa arrogancia. En esa oposición, radica el posible desarrollo de una crítica de signo contrario. Una que se entienda a sí misma como experiencia de comprensión y libertad creativa. Que trabaje, contra la arrogancia, desde esa exigencia personal y política. 

Valparaíso. Agosto de 2016

Contra el origen
Ensayo
Víctor Quezada
Marginalia Editores

domingo, 19 de junio de 2016

Señas para llegar a Ovejería

Ovejería de Leonardo Hernández


¿Cuáles son los límites de Ovejería? ¿desde dónde y hasta dónde podemos hablar de Ovejería? Versos del poema Mapas mentales, preguntas por un territorio cuyos límites son dibujados por el lenguaje, por el habla, por la palabra. Ovejería como un lugar en la memoria. Un lugar que ya no existe, un lugar perdido. Pero cuyos rastros aún podemos pesquisar en el recuerdo y la escritura. Estos textos como señales de ruta hacia ese lugar difuso que es la memoria personal y colectiva.

Una notas breves sobre la forma en que este libro reconstruye Ovejería, traza su cartografía imaginaria.

Del poema Jotes: un barrio que existe sólo en la memoria de muchos que buscan y encuentran/ sentido en viejas fotos/en anécdotas en personajes/ en canchas de tierra/en el olor del vertedero. Encontrar sentido en viejas fotos, escribe Hernández y ese es el trabajo al que se avoca. Reconstruir el archivo de las imágenes de este pueblo. La memoria es aquí la recuperación de unas imágenes que pueden traer de vuelta lo que se ha perdido en el tiempo. Viejas fotos. Borrosas, ajadas, amarillentas. Reconstrucción de álbum familiar y comunitario. Collage colectivo. Un trabajo como el que describe este diálogo en Archivo de Claudio Farías: de quién son estas fotos? de qué años? … /estás haciendo un archivo muy bueno de Ovejería./Lo mismo las fotos tuyas hay buen ojo y encuadre/una historia que no se ha contado/tus fotos la empiezan a narrar. Poemas breves, objetivos. Fotogramas que narran la historia secreta de Ovejería. Imágenes que se ponen a disposición del lector, de su mirada: esta foto también podría titularse de la forma en que el lector quiera.

Encontrar sentido en anécdotas y personajes. Escenas de la vida cotidiana, historias mínimas de todos los días. Fragmentos de una forma de vida desaparecida que son recuperados en la voz y en la memoria de sus protagonistas. Familiares, vecinos, conocidos de toda la vida. Hay aquí muchos nombres propios. Retratos, perfiles de los habitantes de ese espacio y ese tiempo. Polifonía de relatos y miradas narrando cómo eran las cosas en esos días, setentas, ochentas, en un pequeño pueblo de provincia en el sur de Chile. En vez de impostarse, el poeta convoca esta pluralidad de relatos y hace el trabajo del registro y del montaje. Comprende la memoria como un trabajo colectivo. Una continua apelación al otro, la pregunta reiterada en muchos de estos poemas: ¿Alguien se acuerda? 

Los Kelicos/ las Rubias/ las Negritas/ los Topogigios/ luego los John Travolta/ los gajos con sabor a naranja y a limón/ las guagüitas. Una lista de golosinas que de inmediato evoca la infancia para quienes fuimos niños en esa época. En este libro los sentidos son una forma del recuerdo. De recuperar unos sabores o unos olores que pueden hacernos volver, aunque sea por un momento, al territorio perdido de la infancia. O que pueden hacer más clara la memoria de unos lugares que ya no existen o solo lo hacen en ella. Como comenta Patricia Arias en el poema Encuentro 8°A 1983: Patricia Arias comenta: hay tres olores con los que regreso a la escuela. O en otro texto, Interior: las castañas/ pa qué decir/ qué tiempos aquellos que no volverán/ nif nif nif. El sabor de las castañas puede ser un pasadizo, misma vía que la magdalena de Proust, hacia ese tiempo perdido al cual puede regresarse no sólo con los ojos sino también con el paladar y la nariz.

En el libro hay varias listas. Listas de nombres. Listas de lugares, Listas de cosas. El poeta hace inventario, recolecta, recopila. Se me viene a la cabeza el poema de Jorge Teillier Cosas vistas. 50 fragmentos brevísimos, muchas imágenes de objetos, las primeras luciérnagas, una locomotora de lata abandonada en la basura. En Ovejería también hay listas. Listas escritas como quien toma apuntes aprisa para evitar el olvido definitivo de un nombre o de una dirección. Hacer la lista, pasar lista. Enlistar como un recurso nemotécnico, como un procedimiento de reconstrucción del lugar. En el mismo sentido, pienso en las listas del Perec de Espacies de Espacios o de Agotamiento de un lugar parisino. 

Esta podría ser una poesía épica si, como Ezra Pound, la comprendemos como aquella poesía que le da un lugar a la Historia. Fragmentos documentales de hechos acaecidos en el siglo XIX. La historia ferroviaria, aeronáutica, automovilística y futbolística del pueblo. La historia de la toma que dio origen al barrio, a la población Juan de Dios Guajardo. El relato de sus fundadores, llamados Los tupamaros. Este libro reconstruye ese relato histórico y lo hace plenamente consciente del poder que en esta época y en este país tiene el olvido: se mueren los fundadores a quienes llamaban tupamaros/ los hijos cuarentones y cincuentones de los tupamaros/ya no saben quién fue Juan de Dios Guajardo. O en otro poema: nadie recuerda quién fue Juan de Dios/ nadie sabe quién le puso ese nombre a la toma/ durante el primer año de la U.P. Estos poemas están escritos contra esa amnesia. Quieren reconstruir, en un afán a la vez poético y antropológico, la memoria colectiva desdibujada u oculta.

No es Spoon river/ni soy el talentoso burócrata/sólo es Ovejería la población Juan de Dios Guajardo // No es Spoon river es Ovejería/ribera este del río Rahue. Desde luego, Ovejería no es Spoon river. Aquí, más que muertos y epitafios, hay fotografías antiguas, retazos rescatados al olvido de un mundo y una vida enterrados por el tiempo. Antología de Spoon river es uno de los libros más influyentes en el panorama de la poesía del siglo XX, escribe Rodrigo Olavarria en el prólogo a su traducción publicada por esta misma editorial. Estoy de acuerdo. Entonces pensar en el libro de Lee Masters no como un lugar concreto sino como forma y en su influencia respecto a la poesía reciente sería un ejercicio interesante. Pienso en libros como El cementerio más hermoso de Chile de Christian Formoso, Colonos de Leonardo Sanhueza o La constru de mi alma de Daniel Tapia. Desde este punto de vista Ovejería podría ser parte de un corpus de libros que no son Spoon River pero cuya construcción recoge sus procedimientos.

Veo ruinas por todos lados por donde tanto tiempo viví destruí perdí/no hallarás nuevos barrios no hallarás nuevos ríos/ Ovejería te seguirá/ caminarás por la misma Felizardo Asenjo/en las mismas casas tu pelo se cubrirá de cenizas y pómez/siempre llegarás a Ovejería. Vuelvo a la pregunta inicial: ¿cuáles son los límites de Ovejería? Creo que este libro responde con claridad. Ovejería, como la memoria, es un lugar sin límites. Un lugar, como dice Kavafis en uno de los epígrafes, que siempre te seguirá. Que se porta, que se lleva consigo. Ovejería es un minucioso trabajo de la memoria en medio de un país que ha aprendido a olvidar muy, pero muy bien. Que ya no se recuerda a sí mismo antes de las ruinas. Termino con estos versos de Spoon river: Todo ha cambiado/ Nosotros, los recuerdos, seguimos aquí, solos,/pues no hay ojo que pueda vernos ni saber/por qué estamos aquí. Este libro, estos poemas, son un ojo que intenta llegar a ese lugar donde habitan los recuerdos. Salvarlos de esa soledad que es el olvido. Seguir su rastro. Dar señas de cómo llegar a Ovejería. 



Valparaíso
Junio de 2016

Ovejería
Leandro Hernández
Poesía
Das Kapital 2016



martes, 17 de mayo de 2016

POESÍA/ PEGAMENTO/ TIJERAS

Mi entrevista a Patricio González sobre EL Espíritu del Valle para Revista Cuaderno

Conocí a Gonzalo Millán en su casa de Bellavista, calle Constitución, año 82, 83. Eran tiempos muy duros pero en ese barrio sucedían muchas cosas. Había mucha música, exposiciones, podías encontrarte con tus pares. Había un ambiente menos represivo que en el resto de la ciudad. Yo acababa de armar la librería Altazor en Viña del Mar. Luego nos reunimos en su casa de Antonia Lope de Bello. Vivía en una especie de altillo, en un tercer piso. Quedaba muy cerca de la Casa Canadá que funcionaba como una especie de ONG. A su alero se desarrollaron dos proyectos, dos revistas: El Espíritu del Valle y Enfoque, una revista de cine. En Casa Canadá teníamos un taller. Se contaba con muy pocos recursos. Casi todos provenían de la solidaridad con Chile desde el exilio. A veces teníamos la revista lista, pero no podíamos sacarla de la imprenta porque las platas se demoraban en llegar. 

Con Gonzalo nos veíamos también en Viña. En esa época su pareja era Ximena Castillo. De alguna forma fuimos tramando una relación de amistad. Se presentó Seudónimos de la Muerte en la librería. Con Millán, el trabajo y la relación personal eran una sola cosa, no había diferencias entre uno y otro plano.

Millán era un tipo muy activo, con muchas conexiones. Recibía mucho material, colaboraciones de todas partes. El trabajo era seleccionar y editar. La idea de Gonzalo era que la revista llenara un vacío, que sirviera de base para actualizar, reconocer y valorar el trabajo de quienes estaban tanto dentro como fuera de Chile. También era importante la conexión con poesías extranjeras, la neozelandesa, la canadiense. Millán había hecho toda una experiencia en el exilio, había viajado mucho, y volvió con una idea muy clara de la revista que quería hacer. 

La revista fue pensada desde el principio por Gonzalo con un fuerte componente visual. Compartíamos ciertas referencias a determinadas revistas, una imaginería común. Algunas imágenes publicitarias, por ejemplo. Recuerdo la imagen del detergente Klenzo. Nos mostrábamos monos, catálogos, materiales encontrados en librerías de viejo. Recortes de libros raros, comics. Él venía desarrollando un trabajo visual, que por ese tiempo llamaba Plastic Poetry. Gozábamos mucho ese trabajo. Recortar, pegar, preparar los originales. Trabajábamos en una mesa de luz sobre papel cuché, hacíamos las plantillas. Siempre teníamos sobre la mesa recortes, muchísimos recortes. La idea era intervenir los textos con estas imágenes, realizar un ejercicio de montaje. Era muy entretenido y demandaba cierta destreza manual. Millán tenía mucha habilidad. Las reuniones de la revista eran eso. Había mucho de juego en ese trabajo. Todo se hacía con fotocopias y reducciones. Se trabajaba página a página. Creo que El Espíritu del Valle fue una de las últimas revistas hechas así, a mano. Con pegamento y tijeras. Por esos años no había computadores. Todo era armado con un sistema de Composer IBM, con galeradas. Luego empezaron a aparecer los primeros computadores, aunque muy rudimentarios. 

Gonzalo era un tipo de archivo, de documentos. Juntaba muchos materiales, fotografías, textos. En ese sentido, veo una sintonía con Juan Luis Martínez. Cuando nos juntábamos para hacer la revista había mucho intercambio de imágenes, de ilustraciones y revistas. Revisábamos, discutíamos. La onda de Millán siempre era compartir más que imponer. Hacer la revista era también eso, compartir, almorzar juntos, conversar en su piso. Por supuesto, nadie ganaba un peso. No había cálculo ni interés. La revista era lo que teníamos que hacer. Y lo hacíamos. Pero Gonzalo pensaba en el futuro y tenía muy clara la importancia de lo que estábamos haciendo. 





Versos de CRIMINAL en este rap de Cevladé

https://www.youtube.com/watch?v=xr1mZoZ-XGM
Txt sobre Los Bigotes de Mustafá x Gaspar Peñaloza

https://quinuayana.wordpress.com/2016/03/16/el-lugar-vacio-luego/